Hay algo que el macrismo y el manzurismo, suponiendo que exista tal ismo, comparten: la impericia política. Es que si los movimientos del presidente Mauricio Macri resultan torpes, los del gobernador Juan Manzur son, cuanto menos, infantiles. La sensación es que el perfil empresario de sus gestiones, extremadamente despolitizadas, les juega en contra en momentos en que deben demostrar cinturas más ágiles.

El Gobierno nacional logró a última hora desactivar la sesión de Diputados en la que el kirchnerismo pretendía imponer la ley antidespidos, pero luego de haber expuesto al Presidente. Macri, arrebatado, había anticipado que vetaría la norma y se puso en la vereda de enfrente del sindicalismo y de sus aliados en este cogobierno: los representantes massistas. Más allá de su yerro inicial, pudo quebrar al Frente Renovador y tomar aire. Pero el Gobierno provincial no logró evitar el papelón. De los cinco diputados peronistas, tres responden a Cristina Fernández, así que Manzur tiene injerencia en apenas dos: José Orellana y Miriam Gallardo. La relación con el famaillense tiene sus particularidades, porque el “Mellizo” juega con el massismo, con el macrismo o con el Frente para la Victoria, según la ocasión. En cambio, la luleña depende exclusivamente de la Casa de Gobierno. Ambos habían anticipado una semana atrás que votarían la ley, pero llamativamente Orellana estaba en su ciudad natal en la noche del miércoles, cuando recibió un llamado a su teléfono celular. De parte de Manzur, desde el otro lado de la línea le pidieron que se tomara el primer avión y que esperara el inicio de la sesión en su banca. Obediente, accedió a la solicitud y quedó en el centro de la ira macrista. La pregunta que buena parte del oficialismo se hace es por qué el mandatario tenía tanto interés en esa ley. Alejado del kirchnerismo y volcado al macrismo, la postura de Manzur resulta inentendible. Especialmente, porque a las dos de la madrugada del jueves ya circulaban mensajes de WhatsApp entre diputados de La Cámpora que daban cuenta de que el massismo se había fracturado y que no llegarían al quórum para iniciar la sesión. ¿Para qué, entonces, irritar al macrismo? Pocos lo entienden. El ex ministro de Salud de Cristina, que suele dar pocas explicaciones, sintió que debía devolver viejos favores al sindicalismo con el que tan bien se llevó durante los años en los que administró la abultada caja de los fondos para las obras sociales gremiales. Así, puede sonar razonable la presión que ejerció sobre Orellana y Gallardo; aunque, al menos, podría haber tomado algunos recaudos antes de exponerse ante Macri, o mostrado alguna otra reacción. Porque la sesión se cayó y hubo diputados de extracción sindical, como Facundo Moyano, que ni siquiera bajaron. Sin embargo, el tucumano tuvo a los suyos sentaditos, y de eso tomaron nota los operadores de Cambiemos.

Antes del mediodía de ese mismo jueves Manzur sintió que el macrismo le hacía notar su enojo. El primer indicio fue un llamado al secretario general de la Gobernación, Pablo Yedlin, en el que le avisaban que funcionarios nacionales del área de modernización del Estado no harían escala en Tucumán. Los enviados macristas estaban en Salta cuando recibieron instrucciones para tomar un vuelo de regreso a Buenos Aires y cancelar la visita a esta provincia, pese a que el Gobierno ya había anunciado que se presentaría aquí el programa País Digital. Hay dos factores que coincidieron para abortar ese plan. Uno, el malestar de los macristas locales ante la pretensión del Ejecutivo tucumano de capitalizar a solas el anuncio. Dos, las posturas del gobernador en esas 48 horas: reunión y quejas ante la Corte Suprema de Justicia, y apoyo en el Congreso a la ley antidespidos. El segundo elemento que puso a Manzur en alerta fue el grito del secretario de Vivienda de la Nación, Domingo Amaya. El ex intendente de la capital esperó en vano que la jefa municipal de Famaillá, Patricia Lizárraga, se presentara a firmar un convenio para recibir $ 80 millones. Amaya, mirando el reloj, le repetía al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, los argumentos que había recibido de los famaillenses: el manzurismo había presionado a la esposa de Juan Enrique Orellana para no asistir a la Casa Rosada. Con el guiño del ministro, el “Colorado” le apuntó a Manzur y lo comparó con su antecesor, José Alperovich, en eso de extorsionar a los intendentes. Nadie de la Casa de Gobierno desmintió a Amaya porque, efectivamente, la “sugerencia” a Lizárraga existió. De hecho, el PE sólo se limitó a emitir un comunicado del ministro de Gobierno, Regino Amado, en el que afirman que todos los proyectos de obras que lleguen de la Nación se canalizarán mediante los ministros nacionales y los funcionarios provinciales. Los intendentes, entonces, ¿para qué estarán? Pero hay otro dato que confirma los “telefonazos”: uno de los mellizos Orellana, en un audio de WhatsApp, admite que la presión había surtido efecto y que no podían obligar a la intendenta a desoir el pedido y fotografiarse con Amaya.

Ese es el punto que perturba a los representantes macristas en Tucumán y que Amaya y José Cano reprochan a los amarillos. Aseguran que el PRO no es correspondido por la Provincia, y que es el peronismo el que termina capitalizando las buenas noticias. Ocurrió con el relanzamiento del plan Argentina Trabaja. El kirchnerismo había hecho campaña asustando a los beneficiarios con la amenaza de que se perderían esos programas si es que vencía Macri, pero resulta que en los actos que organiza la Casa de Gobierno para tranquilizar a los beneficiarios y avisarles de la continuidad no hay funcionarios nacionales y sí carteles de Néstor y Cristina, o aparece Alperovich sobre el escenario. Es tal el enojo entre los opositores provinciales que ese fue uno de los temas de conversación de la cumbre radical-macrista que lideró el jefe de Gabinete, Marcos Peña, en Jujuy. Lógicamente, el secretario de Vivienda y el titular del Plan Belgrano sienten que, con esa postura inocente del macrismo, en lugar de crecer políticamente en el territorio, Cambiemos se diluye en manos del kirchnerismo residual. Eso sí, aún corren con la ventaja de que Manzur no sale de su cuadro de anemia política.